Sin duda alguna, este
año ha sido uno de los más complicado para la Zona Euro, convulsiones políticas,
fracturas sociales, atentados terroristas, sentimientos nacionalistas y una generación
que por donde se le vea parece no tener decisión sobre el futuro de sus vidas.
No hay duda alguna que
la actual generación europea posee quizás la mejor educación de los últimos 50
años, con universidades y escuelas que dominan casi todos los ámbitos del
conocimiento, y con una multiculturalidad que le da una riqueza social y humana
únicas en el mundo y amen de su historia que es creo yo lo más valioso que
tiene, pues pasar por 2 guerras mundiales, resentimientos y corrientes sociales
muy dañinas para la sociedad, han sabido reconciliarse y actuar en bien común de
sus pueblos.
Pero hoy las cosas
pintan muy diferente, algo está sucediendo que está llevando a Europa a una
crisis social, económica, política y humana que hasta hace unos años era
impensable.
Sucesos Inolvidables
Han pasado momentos en
Europa que quedaran escritos en los libros de historia para siempre.
En sólo una semana, en
distintas regiones de Europa se han experimentado importantes sucesos
- Atentado
en Niza. Otra vez Francia. Todavía con las heridas abiertas por los atentados perpetrados de manera
simultánea en seis puntos de París en noviembre de 2015, y por el ataque al
semanario satírico Charlie Hebdo, se da un nuevo acto terrorista el 14 de julio
en Niza. Como en los casos anteriores, el grupo terrorista Estado Islámico se
adjudicó y reivindicó el acto. Si a eso se suman los atentados en el aeropuerto
y metro de Bruselas en marzo, los de hace unas semanas en el aeropuerto de
Estambul —todos ellos en suelo europeo—, más los de Irak y Bangladesh en este
mismo mes de julio —por citar los más recientes—, todos ellos atribuidos al
Estado Islámico, y la matanza en el local gay de Orlando, Florida, a manos de
alguien autoidentificado también con esa organización, la amenaza adquiere sin
duda una dimensión planetaria. En una época en la que la crisis migratoria en
Europa atraviesa uno de sus episodios más dramáticos y los discursos de
intolerancia y odio se encuentran tan en boga, citando a Samuel Huntington, el
choque de las civilizaciones encuentra renovados argumentos.
- Mismo
método, nuevas respuestas. Desde que asumió el poder en Turquía en 2003, primero como primer ministro
y luego como presidente, a Recep Tayyip Erdogan se le ha acusado de gobernar de
manera cada vez más autoritaria. El viernes pasado una facción del Ejército se
levantó contra el gobierno, tomando el control del puente sobre el Bósforo —la
puerta a Europa, en Estambul— y de algunos medios de comunicación, y enviando
tanques al Parlamento en Ankara. Parecerían acciones suficientes en Chile en
1973, o en la misma Turquía de 1980. Pero no fue así en 2016. La asonada pudo
ser controlada, con un saldo de alrededor de 250 muertos y 1,500 heridos.
Erdogan, que llevaba años preparando a una policía alterna para actuar en una
ocasión como esta, y con el apoyo de las fuerzas armadas leales, pudo imponerse
a los sublevados. Además, con la ayuda de las redes sociales, el gobierno y sus
aliados pudieron burlar el “cerco informativo” y —a pesar de la impopularidad
que ese gobierno genera entre amplios sectores— la población salió a las calles
en defensa del orden constitucional. Las circunstancias le permite ahora a
Erdogan sacar raja política y avanzar en la toma de decisiones autoritarias: se
han detenido a más de 6 mil personas (principalmente jueces y militares) y a
seguidores del clérigo opositor al régimen, Fethullah Gülen, acusado por el
régimen de ser uno de los principales orquestadores del golpe.
- Nueva
premier británica. Y en el otro extremo de Europa, sin elecciones generales de por medio,
Theresa May se convirtió en la segunda mujer en ocupar el cargo de Primer
Ministro de la Gran Bretaña, tras la renuncia de David Cameron por los
resultados del Brexit. Le tocará a May conducir el inicio del nada sencillo
proceso de salida del Reino Unido de la Unión Europea.
Impotencia y Temor
Estos días de sangre y
miedo en Francia, que tanto nos duelen a los que compartimos la tierra y el
destino de este Viejo Continente, releí los versos del gran poeta irlandés
William Butler Yeats, “Los mejores carecen de toda convicción, mientras que los
peores están llenos de apasionada intensidad”, y me di cuenta de cuán
certeramente nos definen aún un siglo después de que él los escribiera.
El europeo promedio
apenas tiene convicciones fijas. Es la forma de no herir la sensibilidad ajena.
Sería de mala educación y bajos instintos creerse en posesión de verdades.
Hasta ese punto ha evolucionado la finesse de la cultura europea. Y así, poco a
poco, y como reacción contra la vehemencia de los “peores” del siglo pasado
–nazis, estalinistas, fascistas– fuimos adoptando el relativismo.
Crecimos con el mantra
de que las convicciones había que atemperarlas para que no se convirtieran en
semillas de intolerancia, en dogmatismos perniciosos. Había que ser flexible a
todo y todos. Y eso es lo que somos. Elásticos y blandos, casi sumisos, con
nuestros declarados enemigos islamistas, llenos ellos de intensas pasiones
asesinas.
Alfombrada
está Europa de tumbas de inocentes. Francia en particular es blanco de la saña
yihadista: 12 asesinados al grito de Allahu Akbar (Alá es grande) en el ataque
contra el semanario satírico Charlie Hebdo en París; otros 137 en el club Le
Bataclan y dos restaurantes parisinos; y al menos 84 esta semana en Niza, quizá
el más insidioso de todos. Tres masacres que revelan la lacerante impotencia
del gobierno para proteger a la población.
Sin olvidar
los atentados en Bruselas que dejaron 30 víctimas, en España 191, Londres 56…
Ni olvidar debemos los ataques a menor escala o intimidaciones que se suceden
día a día, como el reciente apuñalamiento a un matrimonio de policías en su
propia casa y frente a su hija; o el de un joven refugiado afgano que esta
semana atacó a hachazos a pasajeros en un tren de Alemania. Los perpetradores
suelen aglutinarse en zonas sharía y de allí salen a matar infieles. Sólo en
Francia hay más de 750, llamadas eufemísticamente “Zonas Urbanas Sensibles”; y
aumentan en Gran Bretaña, Suecia, Alemania, Holanda…
Esa es la
Europa real, la que no ven los turistas ni captan los comentaristas de otras
partes del mundo, por mucho que pontifiquen sobre teorías y causas de los
atentados islamistas. A veces uno escucha, ve o lee verdaderas caricaturas de
la realidad europea. (De la misma manera que muchos en el Viejo Continente no
entienden a América).
Sin planteamientos claros
Europa
deambula por el cuadrilátero como un púgil sonado. Incapaz de protegerse con
una política exterior común o de cumplir el mezquino compromiso de recolocar a
160.000 refugiados, concede barra libre a los países que la integran. Y estos
tienden a replegarse sobre sí mismos. El Reino Unido hace mutis y abandona el
club. Hungría flirtea sin tapujos con el fascismo. Austria cierra la ruta de
los Balcanes. Todo el espacio europeo de libre tránsito se desmorona, olvidando
la advertencia de Jean-Claude Juncker: si muere Schengen, «también morirán el
euro y el mercado interior».
El instinto
de venganza ante una masacre como la de Niza es inevitable. Lo que sí es evitable
es sacarle ventaja política, en vez de aplacarlo. Marine Le Pen, líder del
ultraderechista Frente Nacional, ha sabido capitalizar el miedo y las ansias de
venganza. Ya es la segunda fuerza nacional y se perfila como la primera en las
zonas de gran concentración musulmana como Niza y Marsella, consideradas “cunas
del yihadismo”.
En esta
Europa enferma se necesitan urgentemente convicciones equilibradas, y valentía
para combatir los extremos. Si se quiere evitar una tercera guerra, esta vez de
civilizaciones, como ya auguran algunos.
No hay mal que dure cien años
Existen
muchas experiencias europeas de convivencia con la diversidad y no todas están
funcionando bien. Parece que no hay soluciones simples y de manual a problemas
complejos que involucran elementos económicos, sociales y de identidad
construidos a lo largo de muchos años.
Pero como
tantas veces se ha dicho, «allí donde crece el peligro está también la
salvación». Existe la inteligencia colectiva, la capacidad de resistencia a lo
que sabemos que está mal, la voluntad de aprender y de utilizar lo mejor del
conocimiento humano en todos los campos para no rendirse a la fatalidad, a la ignorancia
y a la influencia de los que bloquean el avance social para defender
privilegios. Como nos recuerda George Steiner, la idea de Europa que nos puede
hacer soñar viene de muy lejos, de nuestras villas, ciudades y cafés donde se
reunían nuestros antepasados para hablar, debatir, conocer y decidir de qué
manera la vida en común merecía más la pena. Las libertades que nos permiten
replantear constantemente nuestra convivencia, explorar y defender las
conquistas sociales que vamos construyendo costosamente a lo largo del tiempo,
nacen primero en los pequeños espacios donde es más fértil la combinación de
emoción y razón que sustenta su consolidación y su progresión hacia espacios
políticos más amplios. Así pues, quizá exista, en estos tiempos de nacionalismos
desatados, una oportunidad para lo que el holandés Dick Pels denomina un
europatriotismo, una eurociudadanía y una eurodemocracia que consiga desplegar
sus contenidos tanto en el ámbito local como en el nacional y en el europeo y
dispute la conquista de emociones y razones a las visiones que nos acechan
apelando a nuestros peores instintos.
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