A propósito del informe de Empleo de
los EEUU, las cosas en Europa parecen estar bastante complicadas también.
Hasta hace unos meses, la economía francesa
gozaba de robustez y junto con la alemana jalaban el tren europeo a un norte más
estable.
La zona euro se respaldaba por el
dinamismo de ambos países y estaba claro que estas naciones le estaban dando el
oxígeno que necesitan para seguir respirando.
Sin embargo, las diferencias en
asuntos de política exterior de ambos países estarían minando la estabilidad de
la zona euro.
Es de admirar como ambos países, a
pesar de tener un pasado muy complicado, han sabido echar atrás sus errores y
penas y se han convertido en referentes mundiales en todo tipo de opinión.
Y a pesar de las divergencias que
tengan, tranquilos, no creo que Alemania vuelva a pasar debajo del Arco del
Triunfo con intenciones destructivas.
Un café en París
Francia es la quinta potencia
económica mundial. La renta per cápita que se desprende de la producción de
bienes y servicios se sitúa entre las mejores de Europa, y la productividad
laboral es de las más altas del mundo…
La internacionalización de la
economía francesa es un hecho, mensurable por el dinamismo de las transacciones
con Europa y el resto del mundo. Se observa asimismo en el movimiento de
capitales: Francia es al mismo tiempo un destacado inversor en el extranjero y
un privilegiado receptor de inversiones internacionales.
Pero, en un contexto extremadamente
competitivo, Francia necesita acelerar el ritmo de crecimiento de su economía y
mejorar el equilibrio de sus intercambios. Para ello se ha volcado en una
política de reactivación económica que se basa en el aumento del poder
adquisitivo de las familias y que pasará, también, por la conquista de nuevas
posiciones en las zonas más dinámicas de la economía mundial, por el desarrollo
de la oferta de productos y servicios innovadores con fuerte valor añadido y
por un nuevo dinamismo de las pequeñas y medianas empresas.
No cabe duda de que Francia resulta
un país atractivo: ¡El primer destino turístico del planeta! Su reputación en
la gastronomía o en la industria del lujo, por ejemplo, no se cuestiona. Esto
hace a menudo olvidar que el alto nivel de vida de los franceses se basa en una
economía dinámica, atractiva también para los flujos de capitales extranjeros.
Esta economía, durante mucho tiempo protegida, está en la actualidad abierta a
Europa y al mundo y avanza impulsada por la aceleración de los intercambios y
la subcontratación creciente de las empresas.
Pero las transformaciones
emprendidas, dictadas por la globalización y por la transformación radical de
la estructura financiera del mundo empresarial desde los años noventa, plantean
aún múltiples problemas de adaptación. La economía presenta un crecimiento
insuficiente y una balanza comercial deficitaria aun cuando la productividad
laboral es una de las más altas del mundo, el consumo familiar se mantiene bien
y el mercado del trabajo mejora.
En los días que corren, las medidas
que propuso François Hollande, sin embargo, son relativamente modestas. Dijo
que él no busca "poner en tela de juicio" la semana laboral del país,
de 35 horas semanales. Con el país europeo bajo estado de emergencia desde los
ataques extremistas de noviembre, Hollande no buscó asumir nuevos poderes de
emergencia sobre la economía.
Hollande insiste en la urgencia de
actualizar el modelo económico de Francia, relativamente cómodo para los
trabajadores, y volverlo uno cada vez más en línea con una economía en un
rápido movimiento, cada vez más globalizada y digital.
Una cerveza en
Berlín
La primera potencia europea, a pesar
de ser la economía más poderosa también está teniendo problemas que no puede
dejar pasar.
Hay quienes aseguran que el
persistente patrón de Alemania de exportar mucho más de lo que importa está
frenando el desarrollo de toda la eurozona.
Para entender por qué algunos ven a
Alemania como un problema, hay que empezar a fijarse en los países más
golpeados por la crisis.
Varios han tenido que hacer unos
ajustes difíciles y poco populares ante ello: austeridad para mejorar las
finanzas del gobierno y reformas económicas para impulsar el crecimiento a
largo plazo.
Varias voces insisten en que Berlín
hizo las consecuencias de estas políticas más duras de lo que hubieran tenido
que ser.
Pero, ¿cómo? ¿No es Alemania la sede
de la prudencia y la virtud financiera de la eurozona?
Veamos un poco de lo que está
pasando.
Las características más evidentes de
la crisis de la zona euro han sido la presión sobre los bancos, los préstamos
solicitados por los gobiernos y la quiebra del mercado inmobiliario en varias
naciones.
Pero también se han creado enormes
desequilibrios comerciales y financieros entre los países.
En los años previos a la crisis, los
países que serían afectados de forma más grave empezaron a tener un déficit
cada vez mayor en sus "cuentas corrientes"; esto es, los gastos
realizados por el
Estado superaban a los ingresos no
financieros.
Esa situación requería financiamiento
exterior, algo que, cuando todo iba bien, fue bastante fácil.
Los bancos extranjeros prestaron
dinero y los inversores compraron activos financieros, incluida la deuda
pública. Y eso es también una forma de prestar dinero.
Con los flujos financieros
interrumpidos, tuvieron que disminuir el déficit en las cuentas corrientes,
incluso llegar a tener superávit. Y lo lograron.
Todos los países de la zona euro que
fueron rescatados tenían un gran déficit público antes de la crisis.
Sin embargo, conceptos de economía simple
dictan que toda cuenta debe estar equilibrada y eso aplica también a las
cuentas corrientes a nivel mundial, estas deberían estar equilibradas.
De ello se desprende que el cambio de
déficit a superávit en Grecia, Portugal y los demás debe reflejarse en un
movimiento en la dirección opuesta en otros países.
Sin embargo, Alemania comenzó a tener
un superávit de sus cuentas realmente gigantesco.
Muchos dicen que hubiera sido más
fácil para los países en crisis hacer ajustes si Alemania hubiera dejado de
tener superávit.
De hecho, ha habido un marcado
descenso en las importaciones en Grecia en cinco años consecutivos.
Quizá con una demanda más fuerte de
Alemania estos países hubieran podido crecer más rápido.
Esto a su vez les hubiera ayudado a
restaurar las finanzas de sus gobiernos antes y, como consecuencia, a que el
impacto negativo de las medidas sobre los estándares de vida de sus ciudadanos
fuera menor.
Uno de los más críticos con las
medidas con el crecimiento de Alemania y con las medidas de austeridad ha sido
Ambrose Evans-Pritchard, el editor de economía internacional del diario
británico Daily Telegraph.
Cerveza y Café no combinan.
La escena se produjo en Múnich el
pasado febrero. El primer ministro francés, Manuel Valls, aprovechó su
presencia en la Conferencia de Seguridad que cada año celebra la capital bávara
para dar una sonora patada a la canciller Ángela Merkel. No solo se negó a
acoger a ni un refugiado más de los 30.000 pactados. También se lanzó a
ironizar sobre la política migratoria alemana. “Los medios se preguntaban hace
meses dónde estaba la Merkel francesa, a la que incluso querían dar el Nobel de
la paz. Hoy se puede constatar los resultados…”, dijo. Las palabras de Valls sentaron
como un tiro en Berlín. Fuentes diplomáticas decían esos días ser conscientes
de las dificultades que atraviesa Francia, con un Frente Nacional disparado en
las encuestas, pero consideraban intolerable que un dirigente francés se
expresara así en suelo alemán.
Es así como la relación entre Merkel
y Hollande se ve lastrada por las divergencias sobre migración, crisis del euro
y comercio.
El episodio se rebajó más tarde
gracias a la intervención del presidente François Hollande, pero mostró las
distintas sensibilidades a los dos lados del Rin. Las desavenencias no afectan
solo a los refugiados. Hace años que Berlín se desespera por lo que considera
una excesiva lentitud de París en un plan consistente de reformas económicas. Y
la gestión alemana de la crisis griega exasperó a buena parte de los socios
europeos, incluidos los franceses.
Dos ópticas divididas
“El
problema de base es que los dos atraviesan situaciones muy distintas. Mientras
Alemania busca soluciones para los refugiados, Francia se enfrenta a una doble
crisis socio-económica y de seguridad interna. Logran cerrar acuerdos, pero de
mínimos, en lugar de soluciones ambiciosas a largo plazo”, sostiene
Claire Demesmay, jefa del programa de relaciones franco-alemán del think-tank
DGAP. Un representante del Gobierno alemán constataba hace unas semanas estas
divergencias, y apuntaba con preocupación cómo hace tiempo que la visión
mayoritaria en Alemania sobre las diversas crisis que afectan a Europa se aleja
progresivamente de la de muchos de sus socios europeos. El último desacuerdo
gira en torno al tratado comercial que negocian la UE y EE UU. Merkel insiste
en acelerar las negociaciones pese a las resistencias que encuentra en el
Gobierno francés, y también en casa. Los socialdemócratas con los que gobierna
se muestran cada vez más reticentes.
La canciller y el presidente tienen,
además, un enemigo común en los populismos a los que se enfrentarán en las
elecciones que los dos países celebrarán en 2017. Merkel, que en muy raras
ocasiones se mete en batallas políticas ajenas, dijo el 3 de mayo que quería
contribuir al fracaso del Frente Nacional. “Es un partido al que debemos
enfrentarnos, igual que a otros con un discurso muy negativo sobre Europa”,
declaró en una visita a un liceo francés de Berlín. “Los dos países ven su
relación bilateral como una gran conquista que no puede ser dañada. Más aún
ahora, cuando las diferencias con el nuevo Gobierno polaco y el debate sobre la
salida del Reino Unido de la UE dificultan la búsqueda de alianzas duraderas en
la UE”, añade Demesmay
Está claro, los intereses comunes no
ocultan el hecho de que el motor franco-alemán ya no funciona como en los
tiempos del tándem Giscard-Schmidt o Mitterrand-Kohl, cuando la voz de los dos
grandes países se escuchaba con igual atención. La reunificación, el éxito
económico alemán y la parálisis francesa han roto este equilibrio.
Aún hay confianza en que las desavenencias
sean superadas y las economías más importantes de europa puedan compartir un
buen café al costado de la torre Eiffel para luego tomarse unas buenas cervezas
bien heladas contemplando el Rhin.
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