domingo, 8 de mayo de 2016

Economia: Francia y Alemania y un continente que depende de ellos.

A propósito del informe de Empleo de los EEUU, las cosas en Europa parecen estar bastante complicadas también.
Hasta hace unos meses, la economía francesa gozaba de robustez y junto con la alemana jalaban el tren europeo a un norte más estable.
La zona euro se respaldaba por el dinamismo de ambos países y estaba claro que estas naciones le estaban dando el oxígeno que necesitan para seguir respirando.
Sin embargo, las diferencias en asuntos de política exterior de ambos países estarían minando la estabilidad de la zona euro.
Es de admirar como ambos países, a pesar de tener un pasado muy complicado, han sabido echar atrás sus errores y penas y se han convertido en referentes mundiales en todo tipo de opinión.
Y a pesar de las divergencias que tengan, tranquilos, no creo que Alemania vuelva a pasar debajo del Arco del Triunfo con intenciones destructivas.

Un café en París
Francia es la quinta potencia económica mundial. La renta per cápita que se desprende de la producción de bienes y servicios se sitúa entre las mejores de Europa, y la productividad laboral es de las más altas del mundo…
La internacionalización de la economía francesa es un hecho, mensurable por el dinamismo de las transacciones con Europa y el resto del mundo. Se observa asimismo en el movimiento de capitales: Francia es al mismo tiempo un destacado inversor en el extranjero y un privilegiado receptor de inversiones internacionales.
Pero, en un contexto extremadamente competitivo, Francia necesita acelerar el ritmo de crecimiento de su economía y mejorar el equilibrio de sus intercambios. Para ello se ha volcado en una política de reactivación económica que se basa en el aumento del poder adquisitivo de las familias y que pasará, también, por la conquista de nuevas posiciones en las zonas más dinámicas de la economía mundial, por el desarrollo de la oferta de productos y servicios innovadores con fuerte valor añadido y por un nuevo dinamismo de las pequeñas y medianas empresas.
No cabe duda de que Francia resulta un país atractivo: ¡El primer destino turístico del planeta! Su reputación en la gastronomía o en la industria del lujo, por ejemplo, no se cuestiona. Esto hace a menudo olvidar que el alto nivel de vida de los franceses se basa en una economía dinámica, atractiva también para los flujos de capitales extranjeros. Esta economía, durante mucho tiempo protegida, está en la actualidad abierta a Europa y al mundo y avanza impulsada por la aceleración de los intercambios y la subcontratación creciente de las empresas.
Pero las transformaciones emprendidas, dictadas por la globalización y por la transformación radical de la estructura financiera del mundo empresarial desde los años noventa, plantean aún múltiples problemas de adaptación. La economía presenta un crecimiento insuficiente y una balanza comercial deficitaria aun cuando la productividad laboral es una de las más altas del mundo, el consumo familiar se mantiene bien y el mercado del trabajo mejora.
En los días que corren, las medidas que propuso François Hollande, sin embargo, son relativamente modestas. Dijo que él no busca "poner en tela de juicio" la semana laboral del país, de 35 horas semanales. Con el país europeo bajo estado de emergencia desde los ataques extremistas de noviembre, Hollande no buscó asumir nuevos poderes de emergencia sobre la economía.
Hollande insiste en la urgencia de actualizar el modelo económico de Francia, relativamente cómodo para los trabajadores, y volverlo uno cada vez más en línea con una economía en un rápido movimiento, cada vez más globalizada y digital.

Una cerveza en Berlín
La primera potencia europea, a pesar de ser la economía más poderosa también está teniendo problemas que no puede dejar pasar.
Hay quienes aseguran que el persistente patrón de Alemania de exportar mucho más de lo que importa está frenando el desarrollo de toda la eurozona.
Para entender por qué algunos ven a Alemania como un problema, hay que empezar a fijarse en los países más golpeados por la crisis.
Varios han tenido que hacer unos ajustes difíciles y poco populares ante ello: austeridad para mejorar las finanzas del gobierno y reformas económicas para impulsar el crecimiento a largo plazo.
Varias voces insisten en que Berlín hizo las consecuencias de estas políticas más duras de lo que hubieran tenido que ser.
Pero, ¿cómo? ¿No es Alemania la sede de la prudencia y la virtud financiera de la eurozona?
Veamos un poco de lo que está pasando.
Las características más evidentes de la crisis de la zona euro han sido la presión sobre los bancos, los préstamos solicitados por los gobiernos y la quiebra del mercado inmobiliario en varias naciones.
Pero también se han creado enormes desequilibrios comerciales y financieros entre los países.
En los años previos a la crisis, los países que serían afectados de forma más grave empezaron a tener un déficit cada vez mayor en sus "cuentas corrientes"; esto es, los gastos realizados por el
Estado superaban a los ingresos no financieros.
Esa situación requería financiamiento exterior, algo que, cuando todo iba bien, fue bastante fácil.
Los bancos extranjeros prestaron dinero y los inversores compraron activos financieros, incluida la deuda pública. Y eso es también una forma de prestar dinero.
Con los flujos financieros interrumpidos, tuvieron que disminuir el déficit en las cuentas corrientes, incluso llegar a tener superávit. Y lo lograron.
Todos los países de la zona euro que fueron rescatados tenían un gran déficit público antes de la crisis.
Sin embargo, conceptos de economía simple dictan que toda cuenta debe estar equilibrada y eso aplica también a las cuentas corrientes a nivel mundial, estas deberían estar equilibradas.
De ello se desprende que el cambio de déficit a superávit en Grecia, Portugal y los demás debe reflejarse en un movimiento en la dirección opuesta en otros países.
Sin embargo, Alemania comenzó a tener un superávit de sus cuentas realmente gigantesco.
Muchos dicen que hubiera sido más fácil para los países en crisis hacer ajustes si Alemania hubiera dejado de tener superávit.
De hecho, ha habido un marcado descenso en las importaciones en Grecia en cinco años consecutivos.
Quizá con una demanda más fuerte de Alemania estos países hubieran podido crecer más rápido.
Esto a su vez les hubiera ayudado a restaurar las finanzas de sus gobiernos antes y, como consecuencia, a que el impacto negativo de las medidas sobre los estándares de vida de sus ciudadanos fuera menor.
Uno de los más críticos con las medidas con el crecimiento de Alemania y con las medidas de austeridad ha sido Ambrose Evans-Pritchard, el editor de economía internacional del diario británico Daily Telegraph.

 Cerveza y Café no combinan.
La escena se produjo en Múnich el pasado febrero. El primer ministro francés, Manuel Valls, aprovechó su presencia en la Conferencia de Seguridad que cada año celebra la capital bávara para dar una sonora patada a la canciller Ángela Merkel. No solo se negó a acoger a ni un refugiado más de los 30.000 pactados. También se lanzó a ironizar sobre la política migratoria alemana. “Los medios se preguntaban hace meses dónde estaba la Merkel francesa, a la que incluso querían dar el Nobel de la paz. Hoy se puede constatar los resultados…”, dijo. Las palabras de Valls sentaron como un tiro en Berlín. Fuentes diplomáticas decían esos días ser conscientes de las dificultades que atraviesa Francia, con un Frente Nacional disparado en las encuestas, pero consideraban intolerable que un dirigente francés se expresara así en suelo alemán.
Es así como la relación entre Merkel y Hollande se ve lastrada por las divergencias sobre migración, crisis del euro y comercio.
El episodio se rebajó más tarde gracias a la intervención del presidente François Hollande, pero mostró las distintas sensibilidades a los dos lados del Rin. Las desavenencias no afectan solo a los refugiados. Hace años que Berlín se desespera por lo que considera una excesiva lentitud de París en un plan consistente de reformas económicas. Y la gestión alemana de la crisis griega exasperó a buena parte de los socios europeos, incluidos los franceses.

Dos ópticas divididas
“El problema de base es que los dos atraviesan situaciones muy distintas. Mientras Alemania busca soluciones para los refugiados, Francia se enfrenta a una doble crisis socio-económica y de seguridad interna. Logran cerrar acuerdos, pero de mínimos, en lugar de soluciones ambiciosas a largo plazo”, sostiene Claire Demesmay, jefa del programa de relaciones franco-alemán del think-tank DGAP. Un representante del Gobierno alemán constataba hace unas semanas estas divergencias, y apuntaba con preocupación cómo hace tiempo que la visión mayoritaria en Alemania sobre las diversas crisis que afectan a Europa se aleja progresivamente de la de muchos de sus socios europeos. El último desacuerdo gira en torno al tratado comercial que negocian la UE y EE UU. Merkel insiste en acelerar las negociaciones pese a las resistencias que encuentra en el Gobierno francés, y también en casa. Los socialdemócratas con los que gobierna se muestran cada vez más reticentes.
La canciller y el presidente tienen, además, un enemigo común en los populismos a los que se enfrentarán en las elecciones que los dos países celebrarán en 2017. Merkel, que en muy raras ocasiones se mete en batallas políticas ajenas, dijo el 3 de mayo que quería contribuir al fracaso del Frente Nacional. “Es un partido al que debemos enfrentarnos, igual que a otros con un discurso muy negativo sobre Europa”, declaró en una visita a un liceo francés de Berlín. “Los dos países ven su relación bilateral como una gran conquista que no puede ser dañada. Más aún ahora, cuando las diferencias con el nuevo Gobierno polaco y el debate sobre la salida del Reino Unido de la UE dificultan la búsqueda de alianzas duraderas en la UE”, añade Demesmay



Está claro, los intereses comunes no ocultan el hecho de que el motor franco-alemán ya no funciona como en los tiempos del tándem Giscard-Schmidt o Mitterrand-Kohl, cuando la voz de los dos grandes países se escuchaba con igual atención. La reunificación, el éxito económico alemán y la parálisis francesa han roto este equilibrio.
Aún hay confianza en que las desavenencias sean superadas y las economías más importantes de europa puedan compartir un buen café al costado de la torre Eiffel para luego tomarse unas buenas cervezas bien heladas contemplando el Rhin.






Ubicación: Lima, Perú

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