Hace
un buen tiempo se viene hablando de un concepto interesante para la ciencia económica.
Y
es que con la llegada de las redes sociales, la masificación de acceso a la información
y la facilidad para poder llegar a mucha gente solo con un par de clicks, se ha
desarrollado una nueva visión del desarrollo económico.
Se
le llama Economía
Colaborativa.
Qué es eso?
Hace
mucho tiempo, las personas no tenían tanta cantidad de cosas a su alcance como
tenemos hoy en día, pero lo poco que tenían, lo compartían. Luchaban juntos por
salir adelante, viviendo en comunidades donde los miembros se ayudaban unos a
los otros.
Este
es el resultado de la industrialización, entramos en una época también llamada
“de la propiedad”, ya que permitió que cada trabajador con el tiempo tuviera su
propio coche, su propio frigorífico, etc.
Con
el tiempo se llegó a una sociedad consumista, que se ha convertido en una
sociedad de “hiperconsumista”, una sociedad obligada a consumir para que
continúe la prosperidad económica.
Una
sociedad que cada vez está más conectada gracias al progreso técnico, y que
tiene un creciente deseo de que triunfe la ética y el sentido común, nos está
guiando a una sociedad donde triunfa el consumo colaborativo, la economía
colaborativa.
La
economía colaborativa conlleva nuevas
formas de intercambio, alquiler de bienes y servicios que surgen por los nuevos
usos de Internet y la tecnología móvil.
En
otras palabras podemos resumirla así: Compartir en vez de poseer.
Un par de
ejemplos
La
famosísima Uber, la aplicación digital que conecta a pasajeros con conductores
privados. Si usted tiene un coche y le sobra tiempo los domingos, ¿para qué
tenerlo estacionado? Inscríbalo a Uber y conviértase en chofer amateur. ¿Cómo?
La aplicación lo conecta con usuarios que necesitan un aventón; usted pasa por
ellos, los lleva a su destino, y Uber hace un cargo a la tarjeta del pasajero
basado en distancia y tiempo (calculado con GPS). La compañía se queda con el
20% de comisión, y el 80% restante es para usted.
Otro
buen ejemplo es Airbnb, un servicio similar a Uber pero de alojamiento.
Supongamos que usted tiene un departamento, sus hijos ya se casaron y tiene
tres cuartos disponibles. ¿Para qué tenerlos desocupados? Mejor los inscribe a
Airbnb y los renta por noche, semana, mes, año, o el tiempo que usted quiera, a
los millones de usuarios que la compañía tiene en todo el mundo. Usted decide
el perfil de huésped que quiere recibir: extranjeros, parejas, sólo mujeres,
con mascota, viajeros, etcétera. Igual que Uber, la compañía garantiza a través
de sistemas de puntuación y calificación entre usuarios y clientes, filtros de
entrada que la experiencia sea segura y agradable para ambos lados. Cualquier
problema quedará registrado en el perfil y, por consiguiente, cada lado dará lo
mejor de sí: se fomenta una verdadera meritocracia.
El lado oscuro
de la fuerza
Sin
embargo, este consumo también tiene un lado oscuro. Y tomaremos como ejemplo
las empresas mencionadas anteriormente.
Uber
es un gigante. En solo cuatro años de existencia ya vale 18.000 millones de
dólares y opera en 132 países. Y su éxito ha chocado de frente en Europa contra
el mundo del taxi, que le acusa de competencia desleal. El coloso se defiende.
“No somos enemigos de los taxistas ni del sector.
Por
otro lado Airbnb, desde hace un par de meses, la Fiscalía de Nueva York
investiga el impacto de estos alquileres a corto plazo, porque podrían
restringir la oferta de inmuebles y volverlos menos asequibles en las grandes
ciudades. Además, en la Gran Manzana, alquilar un apartamento completo por
menos de 30 días es ilegal. Complicada convivencia.
En
el fondo estos modelos de éxito digitales tienen el problema de chocar contra
el statu quo económico. Ya sea la industria del motor, los operadores
turísticos o el mundo financiero, donde, por cierto, aparecen propuestas de
desintermediación que amenazan la cuenta de resultados de los bancos, como la
española Kantox, que propone el intercambio de divisas entre empresas. “Pero
poco pueden hacer, la tecnología es imparable. El sector financiero será
asediado como lo han sido los medios de comunicación o la música
Sera esto la economía
del futuro?
En
palabras de Bill Ray, analista senior en VisionMobile, la economía colaborativa
se está encontrando con muchos problemas por ser tan disruptivas, por haber
irrumpido de forma tan súbita en el mercado y por la falta de legislación que
regule su actividad. A pesar de esto, este analista especializado en
investigación cree que esta economía compartida es una buena parte del futuro
del ecosistema móvil.
Para
solucionar este problema, Alejandro Perales, presidente de la Asociación de
Usuarios de la Comunicación (AUC), apuesta por una regulación flexible que de
un mayor protagonismo a los ciudadanos: un marco legal que se adecúe a las
nuevas tecnologías y que de entrada a los consumidores, que los propios
usuarios puedan participar en esta regulación.
El desafío es
encajarla
Catriona
Meehan ha comentado que el problema no es la innovación, el problema viene al
encajar esas ideas tan disruptivas en el marco actual. Algo que las nuevas
tecnologías han propiciado según Bill Ray: las nuevas generaciones no se
encuentran con ningún legado que seguir, así que crean nuevas ideas con los
avances existentes como base.
Bill
Ray también ha comentado, al hablar de innovación, que los desarrolladores
actuales son mucho más jóvenes que antes, y mucho más inexperimentados que
generaciones de desarrolladores pasadas. Esto no es malo, él mismo ha comentado
que se trata de una situación apasionante, y el mejor ejemplo nos lo
encontramos en estas nuevas ideas disruptivas.
La
economía colaborativa ha llegado para quedarse, apoyada en el auge de las
nuevas tecnologías. Aun no se sabe cómo evolucionará, ni a qué ritmo lo hará, y
tampoco sabemos a ciencia cierta si el marco legal evolucionará a la misma
velocidad que el marco tecnológico, pero sabemos que ahí está una parte del
futuro.
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